Cuando alguna vez leo acerca de por qué el 15-M no tuvo su banda
sonora, o por qué no le ponen letra al himno de España, que si la novela
está agotada o el rock está muerto, siempre me acuerdo de
Pierre Menard, autor del Quijote,
que como todo el mundo sabe es un cuento de Borges que trata sobre un
escritor francés, Pierre Menard, que se propone escribir de nuevo
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha,
palabra por palabra. Pierre Menard fracasa, no porque no consiga
reproducir la literalidad del texto (consigue escribir un par de
capítulos) sino porque, como consecuencia del paso del tiempo, no
tenemos acceso al texto original de Cervantes y nuestra interpretación
está condicionada por todas las lecturas posteriores del libro. Un
lector del siglo
XVII entiende una cosa, y un lector del siglo
XIX, otra. Las interpretaciones de un mismo texto varían con las épocas. Como le dijeron al Gran Gatsby,
“el pasado no puede repetirse”.
Esto se aprecia especialmente en el caso del humor, un género que,
por depender tanto del contexto, envejece a una velocidad mayor que
otros. Podemos leer
La Ilíada y emocionarnos con la despedida
de Héctor y Andrómaca, pero difícilmente reírnos con sus chistes, que
básicamente son variaciones del tartazo en la cara. Si no queremos
volver a ver los vídeos de nochevieja de Martes y Trece porque nos hacen
cuestionarnos si nos caería bien nuestro yo de hace veinte años, menos
aún nos hará soltar la carcajada una lectura de
El asno de oro o
El Decamerón.
Yo no recuerdo haberme reído mucho leyendo El Quijote en el
bachillerato, a pesar de que sus contemporáneos lo consideraban un
descojone. De hecho, el propio humor, ya no como género o formato sino
incluso como categoría antropológica, parece haber llegado al final de
sus propias fuerzas expresivas, y hoy se habla de una nueva forma de
humor (posthumor) que tiene más que ver con la vergüenza ajena que con
la risa. Culturalmente hemos llegado a un punto de no retorno: hemos
matado al chiste. A mucha gente no le gusta entrar en las redes sociales
porque no soporta un chiste más.
De forma parecida, en el ámbito de la música, el acceso universal a
sus contenidos ha provocado un fenómeno paradójico: nunca antes se había
hecho tanta buena música y nunca antes había importado menos. Es
imposible escucharla por falta de tiempo. Y más importante y más
preocupante aún: su escucha siempre es irónica, ya que es
autorreferencial. La música ya no trata de algo, sino que trata de la
propia música, es decir, está dirigida a un público que
ya ha escuchado.
La música no va dirigida al público sino a la crítica. Que yo sepa,
Borges fue el primer escritor en inventar ese juego y se hizo famoso
gracias a él, un juego que consiste en una literatura hecha a base de
erudición, lecturas y citas (en puridad, el juego lo inaugura el propio
Cervantes, ya que los personajes de la segunda parte del Quijote han
leído la primera). Así como Borges inventó una literatura de
bibliotecarios, el
indie, como en su día el jazz o los
dodecafonistas, propone una música de coleccionistas de discos. Y como
género, ese es su final. Música para el archivo.
Marx dijo que, para hacer la revolución, Lutero se disfrazó de San
Pablo y los franceses se disfrazaron de romanos. Hacer canción protesta o
escribir himnos de países es algo que a día de hoy se puede hacer,
pero, ¿cómo evitar que nos dé la risa al escucharlo?
http://www.elbutanopopular.com/articulos/999/disfrazados-de-romanos